23 de noviembre de 2017

Continuidad de la niebla

Su presencia me resultaba insoportable. No me daba tregua. Recién se levantaba, comenzaba a joder con sus reclamos e insultos. Me faltaba el valor para mandarla al diablo. Todavía no puedo creer que hubo una etapa de mi vida en que moría por tenerla, por llamarla mía. Ahora, huía de ella refugiándome en la escritura de una novela en la que ya llevaba meses atorado. Aun así, tecleaba para fingirme ocupado, mientras rezaba para que no me dirigiera la palabra. Escribía relatos amorfos, letras de canciones, flujo de conciencia, o simplemente ensayaba algún poema dictado por el subconsciente.
-----Esa mañana, para no tener que verle la cara, me puse a escribir un relato de tipo policíaco. Sería sobre narcos y policías corruptos y venganzas y crímenes. El tema estaba de moda. Magdalena comenzó temprano:
-----–¿Sigues en eso? ¿Otra vez con esa puta novela que no vas a terminar nunca? ¿No te cansas de ser un pinche loser? Tal vez si no le hubieras puesto un título tan pendejo... La niebla continúa.  ¡Ja! No mames.
-----Continuidad de la niebla.
-----–¡Mis nalgas! ¡Agh! Nunca debí salirme de mi casa para venir a vivir a este cuchitril. Deberías conseguir un trabajo de verdad. ¿O te parece que yo vivo de fotosíntesis? ¿Eh? ¿Te lo parece?
-----–No, por Zeus –respondí siguiendo el tono de su mayéutica.
-----–Pues no, imbécil, necesito comer y vestir y divertirme. Tú hace mucho que dejaste de ser divertido.
-----Había prefigurado en mi cabeza la trama del relato. Ahora trabajaba en la descripción del protagonista: un exmilitar alto y fornido de vientre abultado con grandes y feroces ojos amarillos venido a sicario del narco al que se le acababa de asignar un “encarguito”. El personaje tenía dudas. Su víctima no era alguien que él conociera. Ni jefe de la policía, ni soplón, ni miembro del cártel enemigo. Veía la foto y trataba de adivinar qué había hecho esa personita insignificante para granjearse la ira de su empleador. Tenía que cumplir su misión aun sin saberlo. El aire era frío y el humo del cigarro le irritaba los ojos.
-----–Me dijo Susana que puedo quedarme con ella –continuó–.  Está decidido, no hay nada aquí que me detenga. Ya no soporto ni que me toques, eres un gordo asqueroso. Me iré esta misma tarde.
-----El sicario había llegado a un humilde edificio de departamentos. Sus botas de serpiente ascendían por las escaleras sin hacer el mínimo ruido. Como un fantasma. Ya en el segundo piso, recorría el pasillo en busca de un número. Ahí estaba: el nueve.
-----–¡Te estoy hablando, chingado! ¡Me largo hoy mismo! –me gritaba cerca de la cara.
-----–Ya te escuché, que te vas hoy. Me parece bien –le respondí sin mirarla.
-----–¡Poco hombre! –dijo todavía y me propinó un sopapo.
-----Seguí escribiendo. Frente a la puerta con el número nueve, el sicario de ojos de fuego desenfundaba un enorme revólver calibre cuarenta y cuatro, cromado, con cachas de madera, y pisaba la colilla de su cigarro. Dio un paso hacia atrás para tomar vuelo y derribó de una patada la puerta de triplay.
-----Un estruendo terrible me sobresaltó. Aparté la vista del monitor y busqué horrorizado la causa. Un hombre enorme y ventrudo con los ojos como girasoles en llamas esgrimía una pistola descomunal. Me miró y pareció reconocerme. Luego miró a Magdalena que gritaba como una histérica. Dos detonaciones le desbarataron el rostro callándola para siempre.
...

3 comentarios:

  1. Muy buen relato -my friend! ¿Ya vez? ¿Que te costaba hacer las cosas bien?

    Un saludo digital de mi parte y animo con tu trabajo- keep writing.

    atte:

    Mr.KARATE

    P.D. Que este 2008 sea fructuoso en tu obra.

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  2. No manches, no dejo de reirme, acabo de experimentar una catarsis. Oye me recordó a una serie que se llama esposas asesinas. Super curada creo que es venezolana.

    Me gusta, animo Miguel.

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  3. gracias, Rapunzel. Buscaré esas Esposas asesinas.

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